Espero críticas y elogios, ceños fruncidos y sonrisas cómplices, lágrimas de emoción y carcajadas ilusas. Si logra este espacio personal alguna de esas sensaciones me daré por satisfecha........

viernes, 9 de abril de 2010

CONECTADOS

CONECTADOS


Con un beso cariñoso se despidieron, como de costumbre, en el umbral
de la casa. Él se dirigía a la oficina. Ella aún tenía unos minutos para
organizar el día de los niños y de la casa; luego también se iría a la empresa.
Al llegar a la oficina, como todos los días de hace un tiempo a esta parte,
todo es un caos. Todos conversaban, gritaban, gesticulaban; cada uno en
su mundo pero compartiendo el espacio y el tiempo con los otros.
- ¡Siempre lo mismo! Voy a apagarlo antes de que me descubra- piensa
Iván apagando su celular.
Antes de que la pantalla se oscureciera del todo, cambia de color y tintinea
una frase que logra crisparle los nervios: "SI NO HACES LO QUE ESCRIBO
Y DEPENDES DE MI OLVIDATE DE TU FAMILIA"
En medio del caos y eludiendo el mar de compañeros que caminaban sin
sentido como zombis, fue hacia el baño. Ya la frase había salido levitando,
letra tras letra, e introduciéndose en sus oídos con un zumbido enloquecedor.
Mientras el celular, empujado por el último movimiento conciente de Iván, caía
por la banderola del baño al patio lindero.
Cuando la última letra había terminado de introducirse en su organismo era
uno más de los desquiciados que deambulaban y gritaban sin coherencia
con todo lo que se les interponía en el camino.
Aída ya había dejado a los niños en el jardín de infantes y proseguía hacia
su trabajo. Ya le parecía extraño no haber recibido un mensaje en su celular.
Estacionó el auto, no soportaba más la curiosidad, y abrió la cartera en
busca del teléfono. Ahí recordó que lo había dejado cargando en su casa y
comenzó a culparse de no haber traído el cargador a la empresa. Se dijo:
- Bueno, un día sin celular no es el infierno.
Cuando llegó al trabajo no pudo ingresar el auto al estacionamiento. Una
muchedumbre obstruía el paso. Apagó el motor, se bajó con un nudo en el
estómago y abriéndose camino a los empujones llega a la entrada donde
todos sus compañeros yacían en el piso llorando desconsoladamente.
Un hombre que hacía ejercicio por las mañanas frente al lugar cruzó la
calle, la miró y le dijo: - ¿No se enteró? Otra vez los celulares han entrado
en huelga sistemática culpando a sus dueños por abuso. Ahora vuelven
sus mensajes contra su dueño. Lo que éstos nunca quisieran leer; no
solo lo leen sino que se introduce en su cerebro para atormentarlos. Un
infierno ¿no?
Aída pensó enseguida en Iván, y el señor, volviendo a su rutina, decía:
- menos mal que yo nunca me compré uno.

BILU

lunes, 8 de marzo de 2010

LA CHICA DE LA PLAYA

LA CHICA DE LA PLAYA


La playa estaba repleta, atestada de gente. La arena hervía, le dolía su cuerpo pisoteado y aplastado por niños hombres, animales, sombrillas, bolsos, reposeras; que la visitaban ni bien los días comenzaban a templarse.
En invierno pocos eran los que se acordaban de ella. Por eso hervía cuando era utilizada sin el menor respeto.
El único hueco vacío, más o menos de dos metros, comenzaba a llenarse por una mujer que sólo traía una estera, un bolso de mano, el discman y su físico privilegiado.
Antes de escuchar su cd favorito, mientras cubría de bronceador toda su piel al desnudo, se entremezcló en el bullicio del lugar. Su mirada se perdía en la inmensidad del mar siguiendo el corcoveo de las olas que jugueteaban con la arena húmeda a la mancha.
La sombrilla, que descansaba al lado de ella, estaba sola ocultando pertenencias debajo de su sombra.
Por fin terminó de acomodar su cuerpo en la estera; dándole la espalda al cielo que le regalaba un sol intenso.
Sin darse cuenta fue entrando en una calma soñolienta ayudada por la melodía que acariciaba sus oídos.
La sombrilla de al lado ya no estaba sola; sus dueños recién volvían del agua y ya comenzaban a preparar el mate. Todavía era temprano y el día invitaba a quedarse. Sólo cuando comenzó a darle comezón en la espalda se volvió regalándole al sol sus opulentos pechos desnudos.
_ ¡Vamos, Ricardo! los niños no pueden presenciar semejante cosa_ dijo Rita, acomodando los juguetes desparramados en el bolso al ver a su marido pasmado con el paisaje.
_ ¡Pe...pe...pero mujer! Tampoco es para tanto. Ni se van a dar cuenta, son chiquitos_ contestó Ricardo sin sacar sus ojos del maravilloso espectáculo.
_ Si vos no venís, me voy yo con los niños. ¡Vaya degenerado que resultaste!_ y con el bebé bajo el brazo, el bolso colgado a la espalda y Pedro de la mano con el pañal a medio poner salió casi despavorida.
_ Bueno mujer, ya voy, ya voy ¡Qué lo parió! uno no puede estar tranquilo ni en vacaciones_ y siguió a su familia no sin voltearse más de una vez hacia el paraíso.
Las pilas del discman comenzaron a cansarse. _ ¡Claro! si este aparato no lo uso desde julio cuando fui a Europa. Camino a casa compraré nuevas_ pensó Victoria, percatándose de que sus vecinos la observaban como si fuese un extraño y deseado objeto. No perdían ninguno de sus movimientos.
Entonces aprovechándose de la situación sacó su aceite de broncear y lo fue deslizando con la yema de sus dedos por su brazo izquierdo desde sus manos al hombro, que se movía complacido por el masaje. Hizo lo mismo con el otro brazo.
Bajo las miradas lascivas y las gargantas atragantadas de unos cuantos curiosos, fue deslizando sus dedos hacia los senos calientes y sugestivos.
Un tropel de mujeres celosas se abalanzaron a sus maridos con diversas excusas llevándose al público que aplaudiría de pie a Victoria si no hubieran sido desalojados sin compasión.
Ella satisfecha y poderosa siguió con su juego de seducción sin preocuparse por las consecuencias.
Ella volvía de su caminata habitual, ya prácticamente sin público.
El sol ya no tenía muchas fuerzas.
Ya era tiempo de volver. Se vistió con sus jeans ajustados y el top naranja que resaltaba su bronceado. Enrolló la estera, colgó su bolso sobre el hombro derecho y fue lentamente disfrutando de las cosquillas que la arena fresca le regalaba a sus pies descalzos.
Nunca imaginó, tras las dunas, que su provocativo silencio la esperaba agazapado.
Terminó en el hospital. Los médicos tuvieron que reconstruir parte de su condición. Habían actuado como animales salvajes.

BILU

viernes, 5 de febrero de 2010

VIVIR MURIENDO

VIVIR MURIENDO

Las paredes de roca fría y cenicienta se fundían en mi retina con
un dolor intestino. El sol tibio pero sin fuerza se prendía con sus rayos
al alambre que en espiral se apoyaba en lo alto del muro. Quizá por
eso su color era de un llamativo rojizo y ya no se distinguía el amarillo
oro con el que había nacido. Así me estaba desgarrando yo también, pero por dentro. Ya mi alma y mi espíritu habían emigrado a un lugar lejano buscando descanso. No sé si lo consiguieron, pero estaba feliz por ellos.
El que seguía peleando era mi cuerpo. Aunque vacío de valores estaba acompañado de órganos que luchaban por sobrevivir a las drogas que les obligaban a ingerir. No le quedaba mucho tiempo, al cuerpo, para vengarse; que en definitiva era lo que quería antes de acompañar a la mujer alta. El encierro lo estaba absorbiendo, lo sumía en una oscuridad a la que temía.
Varias veces quise ayudarlo pero esa mujer tiene muy claro sus objetivos.
Ya me lo habían advertido mis padres: "cuando te encerremos donde te mereces conocerás el infierno". Claro, yo lo entendía ahora que observaba como mero espectador; pobre cuerpo mío que lo estaba padeciendo.
La mujer alta y extraña me lo había contado todo. Pensar que por esa confesión terminaron de desalojarme de mi maltrecho cuerpo desnutrido.
Ella me lo dijo: "no hay forma de escapar a los designios de la existencia, sólo te permitiré ser testigo de tu propia decadencia". ¡Qué perversidad, qué avaricia, qué frialdad! Pero que razón que tenía.
El día que no soporté más ver a mí querido cuerpo reptando por las rocas frías y cenicientas para volver a sentir la calidez, aunque tibia, de los rayos del sol que no desistían de visitar el psiquiátrico; fui por la mujer alta y le exigí me devolviera lo que era mío. Ella sólo me miró con un dejo de malicia y autosuficiencia y dijo:
- Yo soy un mero instrumento, hago mi trabajo. Él nunca fue tuyo. Ha
sido, es y será de quien lo habite. Tú ya no vives en él. Es hora de dejarlo, es hora de partir.
Lo último que vi fue al que había sido mi cuerpo, esquelético, siendo velado y llorado por los que habían sido mis parientes hasta hace poco tiempo. Yo ya no sentía nada por él.
BILU

sábado, 26 de diciembre de 2009

LA MAGIA DEL TIEMPO

LA MAGIA DEL TIEMPO

El encargado del cuidado de la plaza pública estaba terminando su labor.
Era tardecita, el sol ya le había dejado lugar a su suplente nocturna.
Los faroles se encendieron iluminando los canteros rebosantes de geranios que delineaban los senderos solitarios.
Jaime comenzó a guardar sus herramientas en el bolso de mano. Se arropó con su campera inflada, salió del vestidor; una pequeña caseta que se había construido en la esquina norte de la plaza, y cerró con candado la cadena que rodeaba la improvisada cerradura de hierro. Como hacía ya casi treinta años esperó que las luces terminaran de iluminar con toda su potencia hasta el rincón más recóndito de la plaza y se fue. Siempre cruzaba en diagonal la plaza sólo para observar que todo estuviera en su sitio, pero esa noche, sin embargo, estaba apurado y se fue sin dar su última ronda.
Tenía la sensación de que esa noche sería distinta.
Para tratarse de un viernes las calles estaban demasiado calladas y desiertas. Ni siquiera los jóvenes de siempre, los que se reúnen en el almacén de Don Manolo, estaban sentados al cordón de la vereda haciendo barullo. Parecía ser el único ser humano de la tierra; miraba a los costados a cada paso y podría jurar que todos lo seguían sin aparecerse. Al dar vuelta en la esquina de su casa Duque no apareció a recibirlo como era su costumbre. Abrió el portón, haciendo el mayor ruido posible, sacudió las llaves para llamar la atención de su cachorro sin suerte y entró.
_ ¡Hola! Llegué. Rosa, chicos ¿dónde están?_ su voz hizo eco en cada habitación sin respuesta. Con un dejo de temor e inquietud se dirigió al teléfono. Llamó a la oficina de su mujer, al liceo de sus hijos, a su suegra, a Rosalía, su cuñada, pero nadie contestó. Ya los nervios lo estaban devorando cuando oyó un lamento; parecía venir del baño. Sin prisa pero sin pausa, con la pala de arrimar brasas de la estufa a leña en sus manos como escudo, se dirigió hacia el sonido. A medida que se acercaba el lamento se hacía más potente; abrió lentamente la puerta, asomó la cabeza con cuidado y allí estaba el Duque con sus patas atadas y su hocico envuelto con cinta plástica. Parecía tener electrificada la cola de tantos espasmos que daba contra el borde de la bañera al ver a su amo. _ Pobre Duque, ¿qué pasó en esta casa? ¿Dónde están todos? Ladrones no pueden haber sido, todo está en su sitio. ¿Dónde está mamá, Duque?_ preguntó Jaime tratando de entender lo que estaba viviendo.
El perro sólo gemía lamiendo a su dueño sin entender tampoco lo que ocurría.
El hombre cerró y fue directo a la comisaría a denunciar el hecho.
_ Señor, no podemos hacer nada hasta que hayan pasado veinticuatro horas de desaparecidas las personas ¿Sabe cuántos casos de éstos tenemos por semana? Y eso que este pueblo no tiene más de dos mil quinientos habitantes. Vaya a su casa a descansar, ya reaparecerán. De otro modo lo esperamos dentro de las restantes veinticuatro horas y asentamos la denuncia del caso._ fue todo lo que el policía le dijo sin escuchar prácticamente a Jaime que enloquecía de ira e impotencia.
Volvió a la plaza. Se sentó en el banco más cercano a la caseta por si el teléfono sonaba, tomó su cabeza con las dos manos y trató de buscar en sus pensamientos alguna explicación coherente a lo que estaba ocurriendo. Duque, sentado a su lado, lo miraba con ojos tristes.
Parecía que iba a llover. La gente apuraba el paso tratando de llegar a casa antes de la tormenta. A Jaime no le importaba.
Hacía ya quince días que no movía su cuerpo de ese banco, ni siquiera había cortado el césped. Los primeros en darse cuenta de la situación del pobre hombre fueron los jóvenes que todas las noches saludaban al guardián cuando volvía a su casa.
Se habían encargado de buscarle un nuevo amo a Duque, de mantener su casa limpia y aireada; pero no podían conseguir que Jaime reaccionara.
El tiempo pasaba y Jaime cada vez estaba más lejos de la realidad.
Un día hermoso de primavera una niña se le acercó y le preguntó: _ ¿Usted es el guardián de la plaza? Jaime solo la miró y sonrió.
_ ¿Por qué ya no crecen las flores en los canteros y el pasto de tan alto hace sombra en los bancos?_ prosiguió la pequeña con curiosidad.
El hombre agachó la cabeza y fue hacia la caseta, entró y cerró la puerta lentamente. Ella lo siguió. Entró y volvió a preguntar lo mismo buscando los ojos del hombre que fijamente miraban el piso.
Jaime apartó la mirada y escondió entre sus manos, ásperas y fuertes, su rostro. Lentamente con un sollozo callado fue acurrucándose en posición fetal. La niña lo miró incrédula y compasiva. Puso su mano en el cabello desprolijo del hombre, como un adulto, para consolarlo; y le habló con voz queda: _ ¿Por qué estás tan triste? ¿Estás enfermo?
Se hizo un silencio cómplice. Sólo el gemido de Jaime hacia eco en las paredes y el techo de zinc de la caseta.
La pequeña, exhausta, se había dormido apoyando su cabeza en la alfombra al pie del sillón. Ese que tantas veces había sido confidente y amigo de Jaime. El que conocía sus secretos y todos sus miedos. Aunque, profundamente dormida, su mano seguía apoyada en la madeja de pelos del hombre, que ya no lloraba.
Parecía que ni sus respiraciones se animaban a interferir con el silencio que se volvió profundo e inquietante.
Al cabo de un rato Jaime se levantó, alzó a la pequeña en brazos y salió decidido.
Era la primera vez en tres meses que se atrevía. La primera vez luego de aquella horrible noche, que movía su cuerpo con un fin determinado: ir a su casa.
Otra vez le pareció un pueblo fantasma; todos lo seguían pero nadie estaba. Sólo la luna lo observaba desde su balcón blanco y esponjoso.
Al llegar sus ojos se paralizaron y salieron de sus órbitas buscando lo que ya no estaba.
_ La dirección es ésta, ¿cómo voy a olvidar dónde está mi casa?_ gritó desesperado mirando a su alrededor con inquietud.
La niña despertó sobresaltada: _ ¿Dónde estoy? ¿Qué hacemos acá?_ preguntó sorprendida.
Acá estaba mi casa. No entiendo lo que pasó. No puede haber desaparecido.
_ ¿Qué decís? Y ésta casa que tenemos en frente ¿de quién es? _ preguntó la niña desorientada.
_ ¡No es la mía! ¡No es la mía! _ repetía Jaime tomándose la cabeza y cayendo de rodillas al suelo.
_ Capaz te equivocaste de calle. ¿Hace mucho que no venís? _ prosiguió la niña apoyando su mano en el hombro de Jaime.
_ ¡No sé, no sé! No entiendo nada; desde que apareciste todo me es confuso…
¿Quién sos? Ni siquiera se tu nombre. ¿Cómo podés tener el aplomo y el comportamiento de una mujer adulta siendo tan pequeña? ¿Quién…Antes de poder seguir con el interrogatorio cae al suelo empujado por algo o alguien.
…Con los huesos molidos y un cansancio ancestral apoyó sus manos lentamente en el suelo y se fue reincorporando. Ya parado limpió su rostro con la manga del brazo izquierdo y se volteó hacia la niña para increparla. Ésta ya no estaba.
Comenzó a observar hacia todos los lugares posibles y sin dar crédito a sus ojos se dio cuenta de que ese lugar le era muy lejano, pero también muy familiar. Era la chacra en la que había crecido.
Las suelas de sus zapatos ya no pisaban cemento sino que se hundían en el prado mullido de tierra negra y césped crecido que bailaba al ritmo del viento.
Su instinto lo llevó hacia la entrada de esa casa fantasmal que se erguía a su frente. Al primer paso tropezó enredado en sus pantalones que caían al suelo entre sus piernas.
En ese instante, por su mente, pasaron distintas y ya olvidadas fotografías que recorrían los años escondidos en el ropero; confundiendo y asustando cada vez más los pensamientos de Jaime.
_ ¿Qué es esto? ¿No tengo ropa normal a caso? ¿Qué hago con éstos pantalones y éstos calzoncillos y ésta remera enorme? ¿Cuándo le saqué la ropa al abuelo? Debo haber corrido tan de prisa que ni yo me acuerdo. ¡Tengo que volver antes que se dé cuenta de todo; me va a matar a golpes! _ con los pantalones agarrados a dos manos comenzó a correr hacia el galpón, perdiendo los zapatos en el camino.


BILU

sábado, 21 de noviembre de 2009

ESTUPIDEZ HUMANA

ESTUPIDEZ HUMANA

-No sé que hago en este lugar todavía. Si tuviéramos hijos o algún gato aunque sea. Tantos años perdidos sin devolución.
-¡Ya empezás con tus escenas dramáticas! Nadie te encierra y se traga la llave; y que yo sepa atada a la pata de la cama no estás. Francamente yo tampoco sé qué hacés acá. De la manera que estás sufriendo yo ya estaría en Alaska.
-¿Porqué todo lo minimizás? Te encanta ridiculizarme ¿no? Acaso ¿sos feliz conmigo? No creo ser la única perjudicada. Sí la que apuesta al diálogo siempre; pero no la única que está cansada de la rutina ¿o no?
-La que no quiso tener hijos fuiste vos.
-¡Ah! Viene por ahí la cosa. ¿Es una venganza? No me diste un hijo, no te doy importancia.
-Yo creo que te di demasiada, por eso llegamos hasta aquí. Lo único que hacía era tratar de complacerte. ¿Y yo? ¿Cuándo me toca a mí?
-No estamos hablando de vos, no cambies de víctima. La única acá soy yo.
Sos hábil para alterar el tema a tu conveniencia. Ya sé que no cocino, no me gusta; y las tareas de la casa tampoco. Ganamos bien; con pagarle a Mónica y pedir de vez en cuando a la rotisería no creo ser una mala esposa.
-No querida mala esposa no. Simplemente no sos una esposa. Sos una amante; mejor dicho una novia porque son más los dolores de cabeza que los deseos de complacerme.
-Para qué habré hablado. Siempre lo mismo, una discusión que no tiene final. Y lo más triste que no recuerdo el principio.

Se encerró en el baño con la mirada triste; y sí en el fondo me dieron ganas de abrazarla y terminar con ésta pesadilla.¡Estaba tan linda! Siempre hace lo mismo: cuando se viste para el infarto busca discusión. Ya estoy harto. Disfruta peleando y dejándome con las ganas...Bueno, ahí empieza… ¡Qué manera de amargarnos la vida sin remedio!

-¡Abrí la puerta, mi amor, dale! Sabés que no soporto escucharte llorar. Perdoname soy un bruto.
-¡No, dejáme en paz! Andá a la fiesta vos sólo. Estoy cansada de dar lástima.
-…Pero… ¿de qué fiesta hablás?
-Ves que te olvidás de todo. Claro, es el casamiento de mi prima. Si no querías ir para no ver a mi madre me lo hubieras dicho y tá. ¿Era necesario buscar pelea?
-¡¡Si la que empezó fuiste vos, loca del demonio!! Me había olvidado por completo del casamiento. Y yo que pensé que te habías vestido así para mí. No hay caso, vos naciste para ser mostrada en escaparate. Lo único que te importa es lucirte. Y para peor estás fuerte como un caballo.
-No aguanto más tus vulgaridades; hasta acá llegó lo nuestro. No soy un pedazo de carne. Y sí… me encanta mostrarme y que me admiren, me encantan las reuniones, los eventos, ir a la peluquería, vivir en el spa. No quiero complicarme ni con mocosos ni con machistas idiotas.
-¡Ahora salís! Una escena digna de brodway; y yo preocupado. Ma sí andá a lucirte! En algo estoy totalmente de acuerdo con vos: no sé que hago todavía acá escuchándote. Ya que dejáste de mentir; dejá también el ropero vacío de tus delicadeces. Mañana no quiero en esta casa un sólo objeto que me haga recordarte. Y hoy, dormí con tu prima!
BILU

viernes, 13 de noviembre de 2009

EN LA OSCURIDAD

EN LA OSCURIDAD

Todo el barrio la conocía. En los alrededores la llamaban "Magenta"; aunque la fachada de su casa era un rostro pálido, sin luz y ensombrecido por manchas de humedad que corroboraban el paso del tiempo.
Abelardo no podía más; ya llevaba mas de cinco años esperando un milagro. Nadie como él seguía las indicaciones de los médicos tal cual aconsejaban. El mal seguía avanzando.
Vivía en la esquina de esa casa sin rostro. Había oído hablar de esta misteriosa mujer desde sus años jóvenes; pero jamás había conocido su rostro. Las descripciones eran muy difusas, inquietantes y perversas. No había una igual a la otra.
pensó Abelardo.
Era un día hermoso. El resplandor del sol se escondía en las grietas de las baldosas quebradas por cientos de bicicletas y changuitos que las herían desde hacía más de cincuenta años, sin que un sólo camión de la municipalidad
sintiera la obligación de reparar el daño. Los árboles con la melena erguida traslucían rayos de claridad que recortaban las siluetas sobre las paredes de los pocos transeúntes que a esas horas se atrevían a enfrentar el calor de la siesta.
Venía observando esa claridad Abelardo, cuando al llegar al número veinte trece detuvo su marcha y por unos segundos quedó observando la puerta descascarada con su mano cerrada a unos diez centímetros de la misma. Y en ese instante la puerta se abrió. Esa mujer, su exterior, su carácter, su peinado, su expresión; toda ella desprendía un algo misterioso, oscuro. Muy por el contrario de su nombre tan colorido. Con un ademán tosco aunque también amable lo invitó a pasar.
Tras la puerta, que lentamente se cerró, el hombre comenzó a sentirse ahogado, con el pecho cerrado y con ansias de correr y correr sin destino. Pero ya estaba allí; solo tenía que esperar y conseguir lo que había venido a buscar.
Magenta lo invitó a sentar; y le dijo: - Espéreme aquí. Preparo la sala y lo llamo- desapareciendo tras una puerta más deteriorada que la principal.
Abelardo se sentó en la primera silla que junto a una mesita, era escondida por un saliente en la pared que le permitía ocultar un poco, aunque más no sea, su vergüenza y su dolor.
El olor a humedad y a polvo descascarado provocaba una sed incontenible y constante en el hombre.
Limpiando su rostro de la transpiración y las lágrimas con su mano caliente no entendía qué fuerza superior lograba mantenerlo ahí, percibiendo la decadencia de una habitación semiderruída, despintada, fría y polvorienta que solo le hacía
sentir la desolación cada vez más honda en la que se encontraba su vida.
Sin embargo ahí estaba y no se movía; esperando un milagro que sólo podía brindárselo Magenta. Esa cruel enfermedad que se estaba llevando a su hija merecía un duro golpe de alguien que fuera más negra, más desolada y más cruel que ella misma.
- Está todo pronto. Pase y póngase cómodo- le dijo la mujer invitándolo a la sala por donde había desaparecido hacía un instante.
Abelardo, no muy convencido, siguió la indicación. Una luz brillante encegueció sus ojos; llevó sus manos hacia ellos para protegerlos; pero la luz taladraba y agujereaba sus manos que no pudieron evitar la herida.
- ¡Estoy ciego, estoy ciego!- gritó Abelardo con sus brazos estirados y enloquecidos por tocar algo o alguien.
- Papá, papá ¿qué pasa? ¿Por qué gritás como loco? Estoy acá; tranquilo.
Abigail se sentó al borde de la cama mientras tomaba las manos descontroladas de su padre, que con sus ojos abiertos, fijos en la pared, parecía un sonámbulo.
- No puedo más, no quiero ser más una pesadilla para vos. Soy un cáncer que no puedo extirparme. Cada vez se agranda mas en tu interior; y yo no te ayudo a matarlo.
- ¿Qué estas diciendo papá? Vos no sos ningún cáncer para mí. Sos lo único y lo más grande que tengo en la vida. Sólo estás nervioso por tu operación. No te preocupes, vas a poder verme de nuevo. Los médicos son optimistas y yo también.
Siempre estaré contigo; ya vas a ver cómo he crecido y que bonita está la casa. La terminaré de acondicionar para cuando vuelvas del hospital y despiertes de esa noche tan larga.

BILU

martes, 10 de noviembre de 2009

HASTA EL FINAL

HASTA EL FINAL

Mariana se miraba al espejo como cada mañana. Las ojeras eran producto de
una noche de insomnio como cualquier otra, y el ritual de intentar cubrirlas se
repetía. Las ideas que circundaban su mente eran las que a cada rato galopaban
desde que fue capaz de retener momentos en su memoria. Pero esta vez, la
velocidad, y la claridad con que aquellos pensamientos atizaron, fueron el motor
que incitó a Mariana a llevar a cabo su plan.
Como cada día desde hacía cinco años, se duchó, desayunó frugalmente y salió
hacia la editorial; sin que esos pensamientos abandonaran su mente.
Vivía en el décimo piso. A la hora en que tomaba el ascensor parecía que cada
uno de sus vecinos también querían tomarlo. La espera nunca era menor a cuatro
o cinco minutos; lo cual la impacientaba terriblemente. Al fin cuando paró, se subió.
Aprovechó el espejo del ascensor para arreglarse el pelo y terminar de retocarse el maquillaje. su aburrida timidez>
Le pareció que bajaba más lento que de costumbre. O sus deseos ya habían llegado y ella aún no.
Ya en planta baja había reparado en varios detalles del hall que no reconocía, y aunque no
comprendía lo que estaba pasando, prosiguió a paso apurado hacia la puerta.
- Disculpe, ¡buen día! Mi nombre es Felipe- le dijo el portero- Usted ¿es nueva en el edificio?
Mariana seguía sin comprender lo que pasaba < qué dice este hombre si fue gracias a mi que obtuvo su puesto en este edificio. No puede ser que no me reconozca>
Salió a la calle bajo la mirada asombrada del hombre que subiendo el tono le preguntó:
- ¿Se siente bien señorita, quiere que le llame un médico?

Pero Mariana ya estaba en la acera, mirando hacia los lados <ésta calle jamás la vi en mi vida. ¿Qué es esto? Acaso ¿estoy soñando? No, no puede ser tan real. No...> Dobló la esquina buscando pistas que la guiaran hacia la editorial.
Caminó, caminó y caminó... No recordaba tener que recorrer tantas cuadras para
llegar a la parada de ómnibus; pero siguió. < Quizá el café de anoche no me sentó bien> se repetía< Fueron varias tazas...pero el cuento debía terminarlo. Ya no podía posponer más el final, hoy Gustavo y Luis se reunían con Olazábal>
Llegó a la editorial sin proponérselo. Algo la había guiado. Nunca supo que fue. Pero ahí estaba.
- Srta. ¿Qué necesita?- le preguntó la recepcionista.
- Las bromas dejáselas a los de impresión. ¿No hay mensajes para mí?
- Disculpe, yo a usted no la conozco. No estoy bromeando. ¿Qué necesita?
- ¡Paola! ¿Te sentís bien? ¿Se pusieron todos de acuerdo para enloquecerme en el día de hoy?
- Mire señorita, no sé cómo sabe mi nombre y si no me dice ¿qué es lo que quiere? voy a tener que invitarla a retirarse. No me haga llamar a seguridad.
- Mirá, la única que puede llamar a seguridad acá soy yo. Acaso ¿te volviste loca? Ya para broma fue demasiado.
Subió a su oficina a pasos firmes y nerviosos dejando a su interlocutora sorprendida y sin habla.
A su alrededor seguía viendo sin reconocer. Desde el mobiliario hasta la decoración de las paredes. Todo era distinto. No lo recordaba. Y siguió caminando cada vez más sorprendida queriendo por fin encontrar a alguien que le explicara.
Entró a su oficina. Ahí todo estaba igual a lo que recordaba, todo como lo había dejado ayer. Se dejó caer en el sofá, tiró la carpeta con su trabajo sobre el escritorio y cerró los ojos. Esperaba despertar en su cama sobresaltada por el sueño loco en el que acababa de entrar.
Una voz conocida y muy sensual se acercaba a ella. Abrió sus ojos. Aún estaba en la oficina y el que se acercaba con pasos ligeros era Luis, y no venía solo. Asustada se escondió en el baño.
Luis y Gustavo entraron sin llamar. Al parecer discutían sobre el cuento que ella había terminado para hoy. Y también hablaban sobre el suicidio de una compañera a la que parecían apreciar. Con su oreja pegada a la puerta Mariana estaba desconcertada.
<¿De quién hablan? Aquí la única escritora soy yo. ¿Qué está pasando? ¿Quién soy?> se preguntaba mirándose al espejo al borde de las lágrimas. Hasta que escuchó a Luis: - Mirá acá, en el escritorio. Esa carpeta es de Mariana. ¿Será el final del cuento?
- ¿Qué decís? Mariana está muerta. Acabamos de venir de su entierro. Sé que fue
repentino pero en su apartamento encontraron el bosquejo sin terminar.
- Si, ya sé...la extraño, la extraño demasiado- contestó Luis apretando contra su pecho la carpeta y cayéndose de rodillas al suelo. - Nunca pensé que llegara a éste extremo. La culpa fue nuestra, la presionamos demasiado. Era una escritora brillante.
Mariana tras la puerta no podía creer lo que oía...Se miró al espejo. Se volvió a mirar. Palpó cada centímetro de su cuerpo < Estoy viva. ¿De qué hablan?>
- Levantáte Luis. ¡Vamos hombre, arriba! Tenemos que aprontar todo para la reunión con Olazábal. Hay que buscar un buen final rápido. Entre los dos podremos. ¡Vamos!- levantando de un brazo a su amigo destrozado.
Luis se sentó, se secó las lágrimas y abrió la carpeta. Leyó lo que había dentro y con una triste sonrisa miró a Gustavo.
- ¿Qué pasa?- le dijo éste.
- Antes de suicidarse escribió el maldito final. ¡Léelo con tus propios ojos!- entregándole la carpeta con rabia.
Gustavo lo leyó en voz alta: " De todas formas supo que solo era un cuento y era cuestión de elegir el final entre los tantos conocidos. Pero prefirió seguir escribiendo día y noche para evitar el momento en el que todos los cuentos terminan."
BILU