La recepcionista no dejaba de martillar el mostrador con sus uñas carmesí, síntoma de aburrimiento, nerviosismo o coquetería quizá.
El botones, que no debía tener mas de noventa años, quería arrebatarme la maleta que me esforzaba en retener.
Había llegado por fin.
Aunque el camino que me esperaba me era desconocido valía la pena la intriga. Ella, aunque lo negó siempre, era lo que quería. Nadie envía esa clase de fotos por e-mail a un desconocido sin buscar rédito de ello.
Sólo tengo esta noche. De lo contrario, Marcela dudaría y no estamos, precisamente, de luna de miel en estos momentos.
Esta habitación es deprimente, casi tan antiguo el polvo como el botones. Está claro que las mucamas van a la misma manicura que la recepcionista.
Ya es hora de llamar un taxi. La mujer dijo que esa dirección estaba a treinta y cinco minutos de aquí mas o menos.
Antes de salir, el hombre chequeó sus mensajes en la notebook por si su amante cibernética se había contactado en las últimas dos horas; ya que ese tiempo le había demandado el viaje hacia allí. Pero no había noticias.
La calle estaba húmeda. Era una noche sin estrellas y casi vacía.
El taxista ya le había adelantado que lo dejaría a unas quince cuadras: -Yo a ese barrio no entro- le había anticipado con ojos extremadamente abiertos.
Ni una vez se le cruzó la idea de abandonar la visita. Ni una sola vez le temblaron las piernas mientras caminaba en solitario por esa calle angosta buscando con su linterna el número de puerta. Solo veía, en su imaginación, una hermosa y sugestiva mujer esperándolo entre pétalos sobre sábanas de seda.
Tocó la puerta, tan vieja y destartalada como el botones del hotel, con temor de tirarla abajo de sólo mirarla.
Luego de unos minutos volvió a repetir el golpe. Al cabo de algunos minutos más optó por mover el picaporte. Se abrió.
Tanteó la pared para encender la luz pero nunca encontró llave alguna; allí si comenzó a arrepentirse de esta locura. Dio dos pasos hacia atrás con las manos tanteando el aire para encontrar la puerta cuando oyó un ruido sordo seguido de una carcajada horrenda.
La puerta no se podía abrir. La carcajada no la podía callar. Se desplomó en el suelo ocultando su cabeza entre las manos.
La figura de una mujer bellísima se dibujaba transparente entre la puerta y sus ojos. No atinaba a nada sólo gemía y suplicaba despertar de esa pesadilla.
Una mano lo alzó de los pelos como si fuera un muñeco.
El guardaespaldas de su mujer lo miró fijamente y le dijo: -Así no esta presentable para una noche de placer, y menos sin su esposa. ¿No le parece?
Agachó otra vez la cabeza al sentir algo caliente que bajaba desde su cintura.
-Así quería verte iluso, hijo de perra!
Lo último que sintió fue el fuego de su sangre que brotaba de la comisura de sus labios.
BILU
Espero críticas y elogios, ceños fruncidos y sonrisas cómplices, lágrimas de emoción y carcajadas ilusas. Si logra este espacio personal alguna de esas sensaciones me daré por satisfecha........
jueves, 30 de septiembre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
DON FRUTOS
Me acuerdo de la lucha desigual que tuvo que vivir mi madre para que su hijo no saliera con la debilidad de su padre. Me acuerdo de mí, cuando niño, investigando por dentro cuanto bicho caminara por el campo. Pretendía averiguar de qué estaban hechos esos animalejos. Disfrutaba con honda satisfacción de esas operaciones hasta que mi padre se encargaba de aguarme la fiesta con sus estúpidas lecciones de moral mal enseñada: "son sólo bichos inofensivos que no le hacen mal a nadie."
Odié con todas mis fuerzas los castigos impuestos, solo por ser un niño y saciar la curiosidad lógica que tenemos todos.
Bichos inmundos los grillos, lo único que hacían era chillar asemejándose a esos maricones que tuve que soportar durante toda mi increíble y envidiada carrera militar. Esos, que para no ser aplastados por los poderosos, se ocultaban bajo mi sombra.
Los inofensivos no llegan a ver mucho tiempo la luz: se los engullen y sólo siguen viviendo en la oscuridad de una panza satisfecha.
Yo amaba a mi madre por su dureza y su valentía. Me enseñó a no tener lástima de los débiles, y a negociar con los poderosos. Yo sabía muy bien lo que quería para mí; y estoy seguro de que está orgullosa de su hijo. Logró que comprendiera quiénes mandan en el mundo y quiénes deben ser destruidos.
Mis instintos y mis deseos de poder fueron muy bien atendidos y entendidos por todos los que me conocieron; muy especialmente por mis mujeres. Y por mi esposa que logró serlo por siempre cuando acalló los labios, vio lo que yo quería que viese y escuchó lo indispensable para mis intereses.
El poder es exquisito y nadie me lo quitó jamás. Fue fácil ser yo (con todo lo que ello implicaba).
Fue fácil dar a luz mi capacidad de arrollar a los más indefensos y encerrar en la oscuridad de la memoria a los más inquebrantables.
Qué se creía ese Pepe Artigas, con sus ínfulas de jefe. El único jefe que siempre existió fui yo, Don Frutos. El verdadero jefe de un pueblo ignorante y miedoso. El mismo que se escondía bajo mi sombra.
Nunca me importó aplastar y hundir; solo me importó elevarme sobre los demás.
Me encantaba ver los rostros de temor buscando mis ojos en lo alto por un poco de piedad. Pobre de ellos, ni se imaginaban que esa actitud me recordaba a mi padre y en nombre de él los exterminaba.
Todavía recuerdo la mirada despistada y suplicante de Venado en el momento donde mi plan perfecto comenzaba a dar sus frutos y a convertirme en héroe; el gran jefe admirado y respetado por todos. Lo único que lamento es que mi madre no estuviera presente.
Hoy me acuerdo de todo esto, cuando ya no me queda mucho aire por respirar, y no me arrepiento. Ni la muerte vendrá cuando quiera. Yo le diré cuando cerrarme los ojos.
BILU
Odié con todas mis fuerzas los castigos impuestos, solo por ser un niño y saciar la curiosidad lógica que tenemos todos.
Bichos inmundos los grillos, lo único que hacían era chillar asemejándose a esos maricones que tuve que soportar durante toda mi increíble y envidiada carrera militar. Esos, que para no ser aplastados por los poderosos, se ocultaban bajo mi sombra.
Los inofensivos no llegan a ver mucho tiempo la luz: se los engullen y sólo siguen viviendo en la oscuridad de una panza satisfecha.
Yo amaba a mi madre por su dureza y su valentía. Me enseñó a no tener lástima de los débiles, y a negociar con los poderosos. Yo sabía muy bien lo que quería para mí; y estoy seguro de que está orgullosa de su hijo. Logró que comprendiera quiénes mandan en el mundo y quiénes deben ser destruidos.
Mis instintos y mis deseos de poder fueron muy bien atendidos y entendidos por todos los que me conocieron; muy especialmente por mis mujeres. Y por mi esposa que logró serlo por siempre cuando acalló los labios, vio lo que yo quería que viese y escuchó lo indispensable para mis intereses.
El poder es exquisito y nadie me lo quitó jamás. Fue fácil ser yo (con todo lo que ello implicaba).
Fue fácil dar a luz mi capacidad de arrollar a los más indefensos y encerrar en la oscuridad de la memoria a los más inquebrantables.
Qué se creía ese Pepe Artigas, con sus ínfulas de jefe. El único jefe que siempre existió fui yo, Don Frutos. El verdadero jefe de un pueblo ignorante y miedoso. El mismo que se escondía bajo mi sombra.
Nunca me importó aplastar y hundir; solo me importó elevarme sobre los demás.
Me encantaba ver los rostros de temor buscando mis ojos en lo alto por un poco de piedad. Pobre de ellos, ni se imaginaban que esa actitud me recordaba a mi padre y en nombre de él los exterminaba.
Todavía recuerdo la mirada despistada y suplicante de Venado en el momento donde mi plan perfecto comenzaba a dar sus frutos y a convertirme en héroe; el gran jefe admirado y respetado por todos. Lo único que lamento es que mi madre no estuviera presente.
Hoy me acuerdo de todo esto, cuando ya no me queda mucho aire por respirar, y no me arrepiento. Ni la muerte vendrá cuando quiera. Yo le diré cuando cerrarme los ojos.
BILU
viernes, 9 de abril de 2010
LA ESCRITURA DE FUEGO
LA ESCRITURA DE FUEGO
A penas mi mano se acerca al cuaderno, arde, se acalora....
Las páginas, aún chamuscadas, luchan por sobrevivir. Pero
se ahogan en el ardor de mi impotencia, de mi dolor.
Mi alma no encuentra donde desahogar su pasión por crear,
por vivir, por escupir el ardor y así no lastimar más mis entrañas.
No encuentra lugar.....
...Las páginas, en su último esfuerzo, se dejan confundir por letras
en llamas, que van camuflándose entre las líneas de mi cuaderno.
Y ahí surge, desde mi pasión....La escritura de fuego.
BILU
A penas mi mano se acerca al cuaderno, arde, se acalora....
Las páginas, aún chamuscadas, luchan por sobrevivir. Pero
se ahogan en el ardor de mi impotencia, de mi dolor.
Mi alma no encuentra donde desahogar su pasión por crear,
por vivir, por escupir el ardor y así no lastimar más mis entrañas.
No encuentra lugar.....
...Las páginas, en su último esfuerzo, se dejan confundir por letras
en llamas, que van camuflándose entre las líneas de mi cuaderno.
Y ahí surge, desde mi pasión....La escritura de fuego.
BILU
CONECTADOS
CONECTADOS
Con un beso cariñoso se despidieron, como de costumbre, en el umbral
de la casa. Él se dirigía a la oficina. Ella aún tenía unos minutos para
organizar el día de los niños y de la casa; luego también se iría a la empresa.
Al llegar a la oficina, como todos los días de hace un tiempo a esta parte,
todo es un caos. Todos conversaban, gritaban, gesticulaban; cada uno en
su mundo pero compartiendo el espacio y el tiempo con los otros.
- ¡Siempre lo mismo! Voy a apagarlo antes de que me descubra- piensa
Iván apagando su celular.
Antes de que la pantalla se oscureciera del todo, cambia de color y tintinea
una frase que logra crisparle los nervios: "SI NO HACES LO QUE ESCRIBO
Y DEPENDES DE MI OLVIDATE DE TU FAMILIA"
En medio del caos y eludiendo el mar de compañeros que caminaban sin
sentido como zombis, fue hacia el baño. Ya la frase había salido levitando,
letra tras letra, e introduciéndose en sus oídos con un zumbido enloquecedor.
Mientras el celular, empujado por el último movimiento conciente de Iván, caía
por la banderola del baño al patio lindero.
Cuando la última letra había terminado de introducirse en su organismo era
uno más de los desquiciados que deambulaban y gritaban sin coherencia
con todo lo que se les interponía en el camino.
Aída ya había dejado a los niños en el jardín de infantes y proseguía hacia
su trabajo. Ya le parecía extraño no haber recibido un mensaje en su celular.
Estacionó el auto, no soportaba más la curiosidad, y abrió la cartera en
busca del teléfono. Ahí recordó que lo había dejado cargando en su casa y
comenzó a culparse de no haber traído el cargador a la empresa. Se dijo:
- Bueno, un día sin celular no es el infierno.
Cuando llegó al trabajo no pudo ingresar el auto al estacionamiento. Una
muchedumbre obstruía el paso. Apagó el motor, se bajó con un nudo en el
estómago y abriéndose camino a los empujones llega a la entrada donde
todos sus compañeros yacían en el piso llorando desconsoladamente.
Un hombre que hacía ejercicio por las mañanas frente al lugar cruzó la
calle, la miró y le dijo: - ¿No se enteró? Otra vez los celulares han entrado
en huelga sistemática culpando a sus dueños por abuso. Ahora vuelven
sus mensajes contra su dueño. Lo que éstos nunca quisieran leer; no
solo lo leen sino que se introduce en su cerebro para atormentarlos. Un
infierno ¿no?
Aída pensó enseguida en Iván, y el señor, volviendo a su rutina, decía:
- menos mal que yo nunca me compré uno.
BILU
Con un beso cariñoso se despidieron, como de costumbre, en el umbral
de la casa. Él se dirigía a la oficina. Ella aún tenía unos minutos para
organizar el día de los niños y de la casa; luego también se iría a la empresa.
Al llegar a la oficina, como todos los días de hace un tiempo a esta parte,
todo es un caos. Todos conversaban, gritaban, gesticulaban; cada uno en
su mundo pero compartiendo el espacio y el tiempo con los otros.
- ¡Siempre lo mismo! Voy a apagarlo antes de que me descubra- piensa
Iván apagando su celular.
Antes de que la pantalla se oscureciera del todo, cambia de color y tintinea
una frase que logra crisparle los nervios: "SI NO HACES LO QUE ESCRIBO
Y DEPENDES DE MI OLVIDATE DE TU FAMILIA"
En medio del caos y eludiendo el mar de compañeros que caminaban sin
sentido como zombis, fue hacia el baño. Ya la frase había salido levitando,
letra tras letra, e introduciéndose en sus oídos con un zumbido enloquecedor.
Mientras el celular, empujado por el último movimiento conciente de Iván, caía
por la banderola del baño al patio lindero.
Cuando la última letra había terminado de introducirse en su organismo era
uno más de los desquiciados que deambulaban y gritaban sin coherencia
con todo lo que se les interponía en el camino.
Aída ya había dejado a los niños en el jardín de infantes y proseguía hacia
su trabajo. Ya le parecía extraño no haber recibido un mensaje en su celular.
Estacionó el auto, no soportaba más la curiosidad, y abrió la cartera en
busca del teléfono. Ahí recordó que lo había dejado cargando en su casa y
comenzó a culparse de no haber traído el cargador a la empresa. Se dijo:
- Bueno, un día sin celular no es el infierno.
Cuando llegó al trabajo no pudo ingresar el auto al estacionamiento. Una
muchedumbre obstruía el paso. Apagó el motor, se bajó con un nudo en el
estómago y abriéndose camino a los empujones llega a la entrada donde
todos sus compañeros yacían en el piso llorando desconsoladamente.
Un hombre que hacía ejercicio por las mañanas frente al lugar cruzó la
calle, la miró y le dijo: - ¿No se enteró? Otra vez los celulares han entrado
en huelga sistemática culpando a sus dueños por abuso. Ahora vuelven
sus mensajes contra su dueño. Lo que éstos nunca quisieran leer; no
solo lo leen sino que se introduce en su cerebro para atormentarlos. Un
infierno ¿no?
Aída pensó enseguida en Iván, y el señor, volviendo a su rutina, decía:
- menos mal que yo nunca me compré uno.
BILU
lunes, 8 de marzo de 2010
LA CHICA DE LA PLAYA
LA CHICA DE LA PLAYA
La playa estaba repleta, atestada de gente. La arena hervía, le dolía su cuerpo pisoteado y aplastado por niños hombres, animales, sombrillas, bolsos, reposeras; que la visitaban ni bien los días comenzaban a templarse.
En invierno pocos eran los que se acordaban de ella. Por eso hervía cuando era utilizada sin el menor respeto.
El único hueco vacío, más o menos de dos metros, comenzaba a llenarse por una mujer que sólo traía una estera, un bolso de mano, el discman y su físico privilegiado.
Antes de escuchar su cd favorito, mientras cubría de bronceador toda su piel al desnudo, se entremezcló en el bullicio del lugar. Su mirada se perdía en la inmensidad del mar siguiendo el corcoveo de las olas que jugueteaban con la arena húmeda a la mancha.
La sombrilla, que descansaba al lado de ella, estaba sola ocultando pertenencias debajo de su sombra.
Por fin terminó de acomodar su cuerpo en la estera; dándole la espalda al cielo que le regalaba un sol intenso.
Sin darse cuenta fue entrando en una calma soñolienta ayudada por la melodía que acariciaba sus oídos.
La sombrilla de al lado ya no estaba sola; sus dueños recién volvían del agua y ya comenzaban a preparar el mate. Todavía era temprano y el día invitaba a quedarse. Sólo cuando comenzó a darle comezón en la espalda se volvió regalándole al sol sus opulentos pechos desnudos.
_ ¡Vamos, Ricardo! los niños no pueden presenciar semejante cosa_ dijo Rita, acomodando los juguetes desparramados en el bolso al ver a su marido pasmado con el paisaje.
_ ¡Pe...pe...pero mujer! Tampoco es para tanto. Ni se van a dar cuenta, son chiquitos_ contestó Ricardo sin sacar sus ojos del maravilloso espectáculo.
_ Si vos no venís, me voy yo con los niños. ¡Vaya degenerado que resultaste!_ y con el bebé bajo el brazo, el bolso colgado a la espalda y Pedro de la mano con el pañal a medio poner salió casi despavorida.
_ Bueno mujer, ya voy, ya voy ¡Qué lo parió! uno no puede estar tranquilo ni en vacaciones_ y siguió a su familia no sin voltearse más de una vez hacia el paraíso.
Las pilas del discman comenzaron a cansarse. _ ¡Claro! si este aparato no lo uso desde julio cuando fui a Europa. Camino a casa compraré nuevas_ pensó Victoria, percatándose de que sus vecinos la observaban como si fuese un extraño y deseado objeto. No perdían ninguno de sus movimientos.
Entonces aprovechándose de la situación sacó su aceite de broncear y lo fue deslizando con la yema de sus dedos por su brazo izquierdo desde sus manos al hombro, que se movía complacido por el masaje. Hizo lo mismo con el otro brazo.
Bajo las miradas lascivas y las gargantas atragantadas de unos cuantos curiosos, fue deslizando sus dedos hacia los senos calientes y sugestivos.
Un tropel de mujeres celosas se abalanzaron a sus maridos con diversas excusas llevándose al público que aplaudiría de pie a Victoria si no hubieran sido desalojados sin compasión.
Ella satisfecha y poderosa siguió con su juego de seducción sin preocuparse por las consecuencias.
Ella volvía de su caminata habitual, ya prácticamente sin público.
El sol ya no tenía muchas fuerzas.
Ya era tiempo de volver. Se vistió con sus jeans ajustados y el top naranja que resaltaba su bronceado. Enrolló la estera, colgó su bolso sobre el hombro derecho y fue lentamente disfrutando de las cosquillas que la arena fresca le regalaba a sus pies descalzos.
Nunca imaginó, tras las dunas, que su provocativo silencio la esperaba agazapado.
Terminó en el hospital. Los médicos tuvieron que reconstruir parte de su condición. Habían actuado como animales salvajes.
BILU
La playa estaba repleta, atestada de gente. La arena hervía, le dolía su cuerpo pisoteado y aplastado por niños hombres, animales, sombrillas, bolsos, reposeras; que la visitaban ni bien los días comenzaban a templarse.
En invierno pocos eran los que se acordaban de ella. Por eso hervía cuando era utilizada sin el menor respeto.
El único hueco vacío, más o menos de dos metros, comenzaba a llenarse por una mujer que sólo traía una estera, un bolso de mano, el discman y su físico privilegiado.
Antes de escuchar su cd favorito, mientras cubría de bronceador toda su piel al desnudo, se entremezcló en el bullicio del lugar. Su mirada se perdía en la inmensidad del mar siguiendo el corcoveo de las olas que jugueteaban con la arena húmeda a la mancha.
La sombrilla, que descansaba al lado de ella, estaba sola ocultando pertenencias debajo de su sombra.
Por fin terminó de acomodar su cuerpo en la estera; dándole la espalda al cielo que le regalaba un sol intenso.
Sin darse cuenta fue entrando en una calma soñolienta ayudada por la melodía que acariciaba sus oídos.
La sombrilla de al lado ya no estaba sola; sus dueños recién volvían del agua y ya comenzaban a preparar el mate. Todavía era temprano y el día invitaba a quedarse. Sólo cuando comenzó a darle comezón en la espalda se volvió regalándole al sol sus opulentos pechos desnudos.
_ ¡Vamos, Ricardo! los niños no pueden presenciar semejante cosa_ dijo Rita, acomodando los juguetes desparramados en el bolso al ver a su marido pasmado con el paisaje.
_ ¡Pe...pe...pero mujer! Tampoco es para tanto. Ni se van a dar cuenta, son chiquitos_ contestó Ricardo sin sacar sus ojos del maravilloso espectáculo.
_ Si vos no venís, me voy yo con los niños. ¡Vaya degenerado que resultaste!_ y con el bebé bajo el brazo, el bolso colgado a la espalda y Pedro de la mano con el pañal a medio poner salió casi despavorida.
_ Bueno mujer, ya voy, ya voy ¡Qué lo parió! uno no puede estar tranquilo ni en vacaciones_ y siguió a su familia no sin voltearse más de una vez hacia el paraíso.
Las pilas del discman comenzaron a cansarse. _ ¡Claro! si este aparato no lo uso desde julio cuando fui a Europa. Camino a casa compraré nuevas_ pensó Victoria, percatándose de que sus vecinos la observaban como si fuese un extraño y deseado objeto. No perdían ninguno de sus movimientos.
Entonces aprovechándose de la situación sacó su aceite de broncear y lo fue deslizando con la yema de sus dedos por su brazo izquierdo desde sus manos al hombro, que se movía complacido por el masaje. Hizo lo mismo con el otro brazo.
Bajo las miradas lascivas y las gargantas atragantadas de unos cuantos curiosos, fue deslizando sus dedos hacia los senos calientes y sugestivos.
Un tropel de mujeres celosas se abalanzaron a sus maridos con diversas excusas llevándose al público que aplaudiría de pie a Victoria si no hubieran sido desalojados sin compasión.
Ella satisfecha y poderosa siguió con su juego de seducción sin preocuparse por las consecuencias.
Ella volvía de su caminata habitual, ya prácticamente sin público.
El sol ya no tenía muchas fuerzas.
Ya era tiempo de volver. Se vistió con sus jeans ajustados y el top naranja que resaltaba su bronceado. Enrolló la estera, colgó su bolso sobre el hombro derecho y fue lentamente disfrutando de las cosquillas que la arena fresca le regalaba a sus pies descalzos.
Nunca imaginó, tras las dunas, que su provocativo silencio la esperaba agazapado.
Terminó en el hospital. Los médicos tuvieron que reconstruir parte de su condición. Habían actuado como animales salvajes.
BILU
viernes, 5 de febrero de 2010
VIVIR MURIENDO
VIVIR MURIENDO
Las paredes de roca fría y cenicienta se fundían en mi retina con
un dolor intestino. El sol tibio pero sin fuerza se prendía con sus rayos
al alambre que en espiral se apoyaba en lo alto del muro. Quizá por
eso su color era de un llamativo rojizo y ya no se distinguía el amarillo
oro con el que había nacido. Así me estaba desgarrando yo también, pero por dentro. Ya mi alma y mi espíritu habían emigrado a un lugar lejano buscando descanso. No sé si lo consiguieron, pero estaba feliz por ellos.
El que seguía peleando era mi cuerpo. Aunque vacío de valores estaba acompañado de órganos que luchaban por sobrevivir a las drogas que les obligaban a ingerir. No le quedaba mucho tiempo, al cuerpo, para vengarse; que en definitiva era lo que quería antes de acompañar a la mujer alta. El encierro lo estaba absorbiendo, lo sumía en una oscuridad a la que temía.
Varias veces quise ayudarlo pero esa mujer tiene muy claro sus objetivos.
Ya me lo habían advertido mis padres: "cuando te encerremos donde te mereces conocerás el infierno". Claro, yo lo entendía ahora que observaba como mero espectador; pobre cuerpo mío que lo estaba padeciendo.
La mujer alta y extraña me lo había contado todo. Pensar que por esa confesión terminaron de desalojarme de mi maltrecho cuerpo desnutrido.
Ella me lo dijo: "no hay forma de escapar a los designios de la existencia, sólo te permitiré ser testigo de tu propia decadencia". ¡Qué perversidad, qué avaricia, qué frialdad! Pero que razón que tenía.
El día que no soporté más ver a mí querido cuerpo reptando por las rocas frías y cenicientas para volver a sentir la calidez, aunque tibia, de los rayos del sol que no desistían de visitar el psiquiátrico; fui por la mujer alta y le exigí me devolviera lo que era mío. Ella sólo me miró con un dejo de malicia y autosuficiencia y dijo:
- Yo soy un mero instrumento, hago mi trabajo. Él nunca fue tuyo. Ha
sido, es y será de quien lo habite. Tú ya no vives en él. Es hora de dejarlo, es hora de partir.
Lo último que vi fue al que había sido mi cuerpo, esquelético, siendo velado y llorado por los que habían sido mis parientes hasta hace poco tiempo. Yo ya no sentía nada por él.
BILU
Las paredes de roca fría y cenicienta se fundían en mi retina con
un dolor intestino. El sol tibio pero sin fuerza se prendía con sus rayos
al alambre que en espiral se apoyaba en lo alto del muro. Quizá por
eso su color era de un llamativo rojizo y ya no se distinguía el amarillo
oro con el que había nacido. Así me estaba desgarrando yo también, pero por dentro. Ya mi alma y mi espíritu habían emigrado a un lugar lejano buscando descanso. No sé si lo consiguieron, pero estaba feliz por ellos.
El que seguía peleando era mi cuerpo. Aunque vacío de valores estaba acompañado de órganos que luchaban por sobrevivir a las drogas que les obligaban a ingerir. No le quedaba mucho tiempo, al cuerpo, para vengarse; que en definitiva era lo que quería antes de acompañar a la mujer alta. El encierro lo estaba absorbiendo, lo sumía en una oscuridad a la que temía.
Varias veces quise ayudarlo pero esa mujer tiene muy claro sus objetivos.
Ya me lo habían advertido mis padres: "cuando te encerremos donde te mereces conocerás el infierno". Claro, yo lo entendía ahora que observaba como mero espectador; pobre cuerpo mío que lo estaba padeciendo.
La mujer alta y extraña me lo había contado todo. Pensar que por esa confesión terminaron de desalojarme de mi maltrecho cuerpo desnutrido.
Ella me lo dijo: "no hay forma de escapar a los designios de la existencia, sólo te permitiré ser testigo de tu propia decadencia". ¡Qué perversidad, qué avaricia, qué frialdad! Pero que razón que tenía.
El día que no soporté más ver a mí querido cuerpo reptando por las rocas frías y cenicientas para volver a sentir la calidez, aunque tibia, de los rayos del sol que no desistían de visitar el psiquiátrico; fui por la mujer alta y le exigí me devolviera lo que era mío. Ella sólo me miró con un dejo de malicia y autosuficiencia y dijo:
- Yo soy un mero instrumento, hago mi trabajo. Él nunca fue tuyo. Ha
sido, es y será de quien lo habite. Tú ya no vives en él. Es hora de dejarlo, es hora de partir.
Lo último que vi fue al que había sido mi cuerpo, esquelético, siendo velado y llorado por los que habían sido mis parientes hasta hace poco tiempo. Yo ya no sentía nada por él.
BILU
sábado, 26 de diciembre de 2009
LA MAGIA DEL TIEMPO
LA MAGIA DEL TIEMPO
El encargado del cuidado de la plaza pública estaba terminando su labor.
Era tardecita, el sol ya le había dejado lugar a su suplente nocturna.
Los faroles se encendieron iluminando los canteros rebosantes de geranios que delineaban los senderos solitarios.
Jaime comenzó a guardar sus herramientas en el bolso de mano. Se arropó con su campera inflada, salió del vestidor; una pequeña caseta que se había construido en la esquina norte de la plaza, y cerró con candado la cadena que rodeaba la improvisada cerradura de hierro. Como hacía ya casi treinta años esperó que las luces terminaran de iluminar con toda su potencia hasta el rincón más recóndito de la plaza y se fue. Siempre cruzaba en diagonal la plaza sólo para observar que todo estuviera en su sitio, pero esa noche, sin embargo, estaba apurado y se fue sin dar su última ronda.
Tenía la sensación de que esa noche sería distinta.
Para tratarse de un viernes las calles estaban demasiado calladas y desiertas. Ni siquiera los jóvenes de siempre, los que se reúnen en el almacén de Don Manolo, estaban sentados al cordón de la vereda haciendo barullo. Parecía ser el único ser humano de la tierra; miraba a los costados a cada paso y podría jurar que todos lo seguían sin aparecerse. Al dar vuelta en la esquina de su casa Duque no apareció a recibirlo como era su costumbre. Abrió el portón, haciendo el mayor ruido posible, sacudió las llaves para llamar la atención de su cachorro sin suerte y entró.
_ ¡Hola! Llegué. Rosa, chicos ¿dónde están?_ su voz hizo eco en cada habitación sin respuesta. Con un dejo de temor e inquietud se dirigió al teléfono. Llamó a la oficina de su mujer, al liceo de sus hijos, a su suegra, a Rosalía, su cuñada, pero nadie contestó. Ya los nervios lo estaban devorando cuando oyó un lamento; parecía venir del baño. Sin prisa pero sin pausa, con la pala de arrimar brasas de la estufa a leña en sus manos como escudo, se dirigió hacia el sonido. A medida que se acercaba el lamento se hacía más potente; abrió lentamente la puerta, asomó la cabeza con cuidado y allí estaba el Duque con sus patas atadas y su hocico envuelto con cinta plástica. Parecía tener electrificada la cola de tantos espasmos que daba contra el borde de la bañera al ver a su amo. _ Pobre Duque, ¿qué pasó en esta casa? ¿Dónde están todos? Ladrones no pueden haber sido, todo está en su sitio. ¿Dónde está mamá, Duque?_ preguntó Jaime tratando de entender lo que estaba viviendo.
El perro sólo gemía lamiendo a su dueño sin entender tampoco lo que ocurría.
El hombre cerró y fue directo a la comisaría a denunciar el hecho.
_ Señor, no podemos hacer nada hasta que hayan pasado veinticuatro horas de desaparecidas las personas ¿Sabe cuántos casos de éstos tenemos por semana? Y eso que este pueblo no tiene más de dos mil quinientos habitantes. Vaya a su casa a descansar, ya reaparecerán. De otro modo lo esperamos dentro de las restantes veinticuatro horas y asentamos la denuncia del caso._ fue todo lo que el policía le dijo sin escuchar prácticamente a Jaime que enloquecía de ira e impotencia.
Volvió a la plaza. Se sentó en el banco más cercano a la caseta por si el teléfono sonaba, tomó su cabeza con las dos manos y trató de buscar en sus pensamientos alguna explicación coherente a lo que estaba ocurriendo. Duque, sentado a su lado, lo miraba con ojos tristes.
Parecía que iba a llover. La gente apuraba el paso tratando de llegar a casa antes de la tormenta. A Jaime no le importaba.
Hacía ya quince días que no movía su cuerpo de ese banco, ni siquiera había cortado el césped. Los primeros en darse cuenta de la situación del pobre hombre fueron los jóvenes que todas las noches saludaban al guardián cuando volvía a su casa.
Se habían encargado de buscarle un nuevo amo a Duque, de mantener su casa limpia y aireada; pero no podían conseguir que Jaime reaccionara.
El tiempo pasaba y Jaime cada vez estaba más lejos de la realidad.
Un día hermoso de primavera una niña se le acercó y le preguntó: _ ¿Usted es el guardián de la plaza? Jaime solo la miró y sonrió.
_ ¿Por qué ya no crecen las flores en los canteros y el pasto de tan alto hace sombra en los bancos?_ prosiguió la pequeña con curiosidad.
El hombre agachó la cabeza y fue hacia la caseta, entró y cerró la puerta lentamente. Ella lo siguió. Entró y volvió a preguntar lo mismo buscando los ojos del hombre que fijamente miraban el piso.
Jaime apartó la mirada y escondió entre sus manos, ásperas y fuertes, su rostro. Lentamente con un sollozo callado fue acurrucándose en posición fetal. La niña lo miró incrédula y compasiva. Puso su mano en el cabello desprolijo del hombre, como un adulto, para consolarlo; y le habló con voz queda: _ ¿Por qué estás tan triste? ¿Estás enfermo?
Se hizo un silencio cómplice. Sólo el gemido de Jaime hacia eco en las paredes y el techo de zinc de la caseta.
La pequeña, exhausta, se había dormido apoyando su cabeza en la alfombra al pie del sillón. Ese que tantas veces había sido confidente y amigo de Jaime. El que conocía sus secretos y todos sus miedos. Aunque, profundamente dormida, su mano seguía apoyada en la madeja de pelos del hombre, que ya no lloraba.
Parecía que ni sus respiraciones se animaban a interferir con el silencio que se volvió profundo e inquietante.
Al cabo de un rato Jaime se levantó, alzó a la pequeña en brazos y salió decidido.
Era la primera vez en tres meses que se atrevía. La primera vez luego de aquella horrible noche, que movía su cuerpo con un fin determinado: ir a su casa.
Otra vez le pareció un pueblo fantasma; todos lo seguían pero nadie estaba. Sólo la luna lo observaba desde su balcón blanco y esponjoso.
Al llegar sus ojos se paralizaron y salieron de sus órbitas buscando lo que ya no estaba.
_ La dirección es ésta, ¿cómo voy a olvidar dónde está mi casa?_ gritó desesperado mirando a su alrededor con inquietud.
La niña despertó sobresaltada: _ ¿Dónde estoy? ¿Qué hacemos acá?_ preguntó sorprendida.
Acá estaba mi casa. No entiendo lo que pasó. No puede haber desaparecido.
_ ¿Qué decís? Y ésta casa que tenemos en frente ¿de quién es? _ preguntó la niña desorientada.
_ ¡No es la mía! ¡No es la mía! _ repetía Jaime tomándose la cabeza y cayendo de rodillas al suelo.
_ Capaz te equivocaste de calle. ¿Hace mucho que no venís? _ prosiguió la niña apoyando su mano en el hombro de Jaime.
_ ¡No sé, no sé! No entiendo nada; desde que apareciste todo me es confuso…
¿Quién sos? Ni siquiera se tu nombre. ¿Cómo podés tener el aplomo y el comportamiento de una mujer adulta siendo tan pequeña? ¿Quién…Antes de poder seguir con el interrogatorio cae al suelo empujado por algo o alguien.
…Con los huesos molidos y un cansancio ancestral apoyó sus manos lentamente en el suelo y se fue reincorporando. Ya parado limpió su rostro con la manga del brazo izquierdo y se volteó hacia la niña para increparla. Ésta ya no estaba.
Comenzó a observar hacia todos los lugares posibles y sin dar crédito a sus ojos se dio cuenta de que ese lugar le era muy lejano, pero también muy familiar. Era la chacra en la que había crecido.
Las suelas de sus zapatos ya no pisaban cemento sino que se hundían en el prado mullido de tierra negra y césped crecido que bailaba al ritmo del viento.
Su instinto lo llevó hacia la entrada de esa casa fantasmal que se erguía a su frente. Al primer paso tropezó enredado en sus pantalones que caían al suelo entre sus piernas.
En ese instante, por su mente, pasaron distintas y ya olvidadas fotografías que recorrían los años escondidos en el ropero; confundiendo y asustando cada vez más los pensamientos de Jaime.
_ ¿Qué es esto? ¿No tengo ropa normal a caso? ¿Qué hago con éstos pantalones y éstos calzoncillos y ésta remera enorme? ¿Cuándo le saqué la ropa al abuelo? Debo haber corrido tan de prisa que ni yo me acuerdo. ¡Tengo que volver antes que se dé cuenta de todo; me va a matar a golpes! _ con los pantalones agarrados a dos manos comenzó a correr hacia el galpón, perdiendo los zapatos en el camino.
BILU
El encargado del cuidado de la plaza pública estaba terminando su labor.
Era tardecita, el sol ya le había dejado lugar a su suplente nocturna.
Los faroles se encendieron iluminando los canteros rebosantes de geranios que delineaban los senderos solitarios.
Jaime comenzó a guardar sus herramientas en el bolso de mano. Se arropó con su campera inflada, salió del vestidor; una pequeña caseta que se había construido en la esquina norte de la plaza, y cerró con candado la cadena que rodeaba la improvisada cerradura de hierro. Como hacía ya casi treinta años esperó que las luces terminaran de iluminar con toda su potencia hasta el rincón más recóndito de la plaza y se fue. Siempre cruzaba en diagonal la plaza sólo para observar que todo estuviera en su sitio, pero esa noche, sin embargo, estaba apurado y se fue sin dar su última ronda.
Tenía la sensación de que esa noche sería distinta.
Para tratarse de un viernes las calles estaban demasiado calladas y desiertas. Ni siquiera los jóvenes de siempre, los que se reúnen en el almacén de Don Manolo, estaban sentados al cordón de la vereda haciendo barullo. Parecía ser el único ser humano de la tierra; miraba a los costados a cada paso y podría jurar que todos lo seguían sin aparecerse. Al dar vuelta en la esquina de su casa Duque no apareció a recibirlo como era su costumbre. Abrió el portón, haciendo el mayor ruido posible, sacudió las llaves para llamar la atención de su cachorro sin suerte y entró.
_ ¡Hola! Llegué. Rosa, chicos ¿dónde están?_ su voz hizo eco en cada habitación sin respuesta. Con un dejo de temor e inquietud se dirigió al teléfono. Llamó a la oficina de su mujer, al liceo de sus hijos, a su suegra, a Rosalía, su cuñada, pero nadie contestó. Ya los nervios lo estaban devorando cuando oyó un lamento; parecía venir del baño. Sin prisa pero sin pausa, con la pala de arrimar brasas de la estufa a leña en sus manos como escudo, se dirigió hacia el sonido. A medida que se acercaba el lamento se hacía más potente; abrió lentamente la puerta, asomó la cabeza con cuidado y allí estaba el Duque con sus patas atadas y su hocico envuelto con cinta plástica. Parecía tener electrificada la cola de tantos espasmos que daba contra el borde de la bañera al ver a su amo. _ Pobre Duque, ¿qué pasó en esta casa? ¿Dónde están todos? Ladrones no pueden haber sido, todo está en su sitio. ¿Dónde está mamá, Duque?_ preguntó Jaime tratando de entender lo que estaba viviendo.
El perro sólo gemía lamiendo a su dueño sin entender tampoco lo que ocurría.
El hombre cerró y fue directo a la comisaría a denunciar el hecho.
_ Señor, no podemos hacer nada hasta que hayan pasado veinticuatro horas de desaparecidas las personas ¿Sabe cuántos casos de éstos tenemos por semana? Y eso que este pueblo no tiene más de dos mil quinientos habitantes. Vaya a su casa a descansar, ya reaparecerán. De otro modo lo esperamos dentro de las restantes veinticuatro horas y asentamos la denuncia del caso._ fue todo lo que el policía le dijo sin escuchar prácticamente a Jaime que enloquecía de ira e impotencia.
Volvió a la plaza. Se sentó en el banco más cercano a la caseta por si el teléfono sonaba, tomó su cabeza con las dos manos y trató de buscar en sus pensamientos alguna explicación coherente a lo que estaba ocurriendo. Duque, sentado a su lado, lo miraba con ojos tristes.
Parecía que iba a llover. La gente apuraba el paso tratando de llegar a casa antes de la tormenta. A Jaime no le importaba.
Hacía ya quince días que no movía su cuerpo de ese banco, ni siquiera había cortado el césped. Los primeros en darse cuenta de la situación del pobre hombre fueron los jóvenes que todas las noches saludaban al guardián cuando volvía a su casa.
Se habían encargado de buscarle un nuevo amo a Duque, de mantener su casa limpia y aireada; pero no podían conseguir que Jaime reaccionara.
El tiempo pasaba y Jaime cada vez estaba más lejos de la realidad.
Un día hermoso de primavera una niña se le acercó y le preguntó: _ ¿Usted es el guardián de la plaza? Jaime solo la miró y sonrió.
_ ¿Por qué ya no crecen las flores en los canteros y el pasto de tan alto hace sombra en los bancos?_ prosiguió la pequeña con curiosidad.
El hombre agachó la cabeza y fue hacia la caseta, entró y cerró la puerta lentamente. Ella lo siguió. Entró y volvió a preguntar lo mismo buscando los ojos del hombre que fijamente miraban el piso.
Jaime apartó la mirada y escondió entre sus manos, ásperas y fuertes, su rostro. Lentamente con un sollozo callado fue acurrucándose en posición fetal. La niña lo miró incrédula y compasiva. Puso su mano en el cabello desprolijo del hombre, como un adulto, para consolarlo; y le habló con voz queda: _ ¿Por qué estás tan triste? ¿Estás enfermo?
Se hizo un silencio cómplice. Sólo el gemido de Jaime hacia eco en las paredes y el techo de zinc de la caseta.
La pequeña, exhausta, se había dormido apoyando su cabeza en la alfombra al pie del sillón. Ese que tantas veces había sido confidente y amigo de Jaime. El que conocía sus secretos y todos sus miedos. Aunque, profundamente dormida, su mano seguía apoyada en la madeja de pelos del hombre, que ya no lloraba.
Parecía que ni sus respiraciones se animaban a interferir con el silencio que se volvió profundo e inquietante.
Al cabo de un rato Jaime se levantó, alzó a la pequeña en brazos y salió decidido.
Era la primera vez en tres meses que se atrevía. La primera vez luego de aquella horrible noche, que movía su cuerpo con un fin determinado: ir a su casa.
Otra vez le pareció un pueblo fantasma; todos lo seguían pero nadie estaba. Sólo la luna lo observaba desde su balcón blanco y esponjoso.
Al llegar sus ojos se paralizaron y salieron de sus órbitas buscando lo que ya no estaba.
_ La dirección es ésta, ¿cómo voy a olvidar dónde está mi casa?_ gritó desesperado mirando a su alrededor con inquietud.
La niña despertó sobresaltada: _ ¿Dónde estoy? ¿Qué hacemos acá?_ preguntó sorprendida.
Acá estaba mi casa. No entiendo lo que pasó. No puede haber desaparecido.
_ ¿Qué decís? Y ésta casa que tenemos en frente ¿de quién es? _ preguntó la niña desorientada.
_ ¡No es la mía! ¡No es la mía! _ repetía Jaime tomándose la cabeza y cayendo de rodillas al suelo.
_ Capaz te equivocaste de calle. ¿Hace mucho que no venís? _ prosiguió la niña apoyando su mano en el hombro de Jaime.
_ ¡No sé, no sé! No entiendo nada; desde que apareciste todo me es confuso…
¿Quién sos? Ni siquiera se tu nombre. ¿Cómo podés tener el aplomo y el comportamiento de una mujer adulta siendo tan pequeña? ¿Quién…Antes de poder seguir con el interrogatorio cae al suelo empujado por algo o alguien.
…Con los huesos molidos y un cansancio ancestral apoyó sus manos lentamente en el suelo y se fue reincorporando. Ya parado limpió su rostro con la manga del brazo izquierdo y se volteó hacia la niña para increparla. Ésta ya no estaba.
Comenzó a observar hacia todos los lugares posibles y sin dar crédito a sus ojos se dio cuenta de que ese lugar le era muy lejano, pero también muy familiar. Era la chacra en la que había crecido.
Las suelas de sus zapatos ya no pisaban cemento sino que se hundían en el prado mullido de tierra negra y césped crecido que bailaba al ritmo del viento.
Su instinto lo llevó hacia la entrada de esa casa fantasmal que se erguía a su frente. Al primer paso tropezó enredado en sus pantalones que caían al suelo entre sus piernas.
En ese instante, por su mente, pasaron distintas y ya olvidadas fotografías que recorrían los años escondidos en el ropero; confundiendo y asustando cada vez más los pensamientos de Jaime.
_ ¿Qué es esto? ¿No tengo ropa normal a caso? ¿Qué hago con éstos pantalones y éstos calzoncillos y ésta remera enorme? ¿Cuándo le saqué la ropa al abuelo? Debo haber corrido tan de prisa que ni yo me acuerdo. ¡Tengo que volver antes que se dé cuenta de todo; me va a matar a golpes! _ con los pantalones agarrados a dos manos comenzó a correr hacia el galpón, perdiendo los zapatos en el camino.
BILU
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