Redes ilusorias
que atrapan recuerdos
y dejan escapar
vivencias inolvidables
de los mejores años
Paredes que hablan,
rincones que asfixian,
jardines que invitan
a vivir esa inocencia infantil
que nos estruja el corazón
golpeándolo sin compasión
Olor a lluvia de abril
mojado por el tiempo
Sabor a helado de vainilla,
a crocante barquillo estival
jugando con el recuerdo
de nuestro exquisito paladar infante
Estrella fugaz
que acaricia
mi cabello rebelde
y despierta los celos
de las nueve lunas
que anidan en mis entrañas
Nostalgia de
ingenuas travesuras,
de tizas escondidas,
de libretas garabateadas,
de esperanzas robadas
e ilusiones prestadas; y
ya olvidadas por el imparable
y monótono sonido del reloj.
BILU
Espero críticas y elogios, ceños fruncidos y sonrisas cómplices, lágrimas de emoción y carcajadas ilusas. Si logra este espacio personal alguna de esas sensaciones me daré por satisfecha........
martes, 18 de enero de 2011
miércoles, 8 de diciembre de 2010
QUISIERA PODER
Quisiera pero no puedo......
Dejar fluir sentimientos, emociones.
Ser lo que deseo ser
Decir lo que no gusta escuchar.
Hacer aparecer recuerdos, mitos,
costumbres olvidadas y casi desterradas
por caprichos infundados.
Quisiera pero no puedo......
Creer en hadas, duendes.
Sentir sin restricciones, sin ahogos.
Florecer en los prados húmeda
de rocío.
Irme a ningún lado con nadie
y volver adormecida de placer
junto a mis ilusiones perdidas.
Quisiera pero no puedo.....
Sonreír cuando descuelgo el teléfono.
Amar sin miramientos y
convivir con brujas, fantasmas, espíritus,
recuerdos, agonías, encantos, promesas,
certezas, amores, enemigos y melodías.
No podría pero quiero.....
BILU
Dejar fluir sentimientos, emociones.
Ser lo que deseo ser
Decir lo que no gusta escuchar.
Hacer aparecer recuerdos, mitos,
costumbres olvidadas y casi desterradas
por caprichos infundados.
Quisiera pero no puedo......
Creer en hadas, duendes.
Sentir sin restricciones, sin ahogos.
Florecer en los prados húmeda
de rocío.
Irme a ningún lado con nadie
y volver adormecida de placer
junto a mis ilusiones perdidas.
Quisiera pero no puedo.....
Sonreír cuando descuelgo el teléfono.
Amar sin miramientos y
convivir con brujas, fantasmas, espíritus,
recuerdos, agonías, encantos, promesas,
certezas, amores, enemigos y melodías.
No podría pero quiero.....
BILU
domingo, 7 de noviembre de 2010
¿CUANDO SE LLEGA AL LIMITE?
-¿Te acordás de Anselmo, supiste algo de él?
-No, después de la internación no lo volví a ver.
-Pensar que había conseguido lo que buscaba desde que la madre de su hija había muerto.
-Si, se había casado con Elena. Era la mejor amiga de su hija, aunque no sé de dónde la conocía. Vos que vivías en el apartamento de al lado ¿cómo conoció a una mujer de un estrato social tan alejado del nuestro, y del de su familia?
- Lo más raro fue ese flechazo inmediato, y siendo bastante más joven que él resultó extraño. Fue en esa fiesta de gala dónde lo habían invitado por intermedio de un embajador al que le pintó su retrato. ¿Te acordás qué bien pintaba?
-Ah! Ahora me acuerdo… Vos también fuiste. Me acuerdo que te pusieron a prueba con una profesora especializada para aprender modales durante un mes. En ese tiempo yo no me frecuentaba tanto con ustedes. Mi papá no me dejaba juntar con su hija, nunca le cayó bien Anselmo. Siempre me decía: < pobre chiquilina con un padre bohemio y huérfana de madre, no puede terminar bien> Por eso no conocí muy bien los cuadros de Anselmo.
-Pintaba de maravilla pero después que el padre de Elena lo denunciara se había encerrado en el desván y sólo salía para ir al baño, hasta la comida se la tenían que llevar porque sino ni se acordaba de comer.
-¿Había sido verdad lo que contaban en el barrio, entonces?
- Si estaba como una cabra. A mí me lo contó Rogelio, el único que lo visitaba porque quería aprender pintura.
-Rogelio ¿pinta también?
-Bueno, no. Desde que se aterrorizó cuando Anselmo le contó todo, no quiso volver a verlo y a la pintura tampoco.
-¿Él fue el que testificó para internarlo entonces?
-Si. Yo lo lamenté por mi amiga. Me acuerdo su rostro encantado cuando entró a la fiesta donde él conoció a Elena.
-Nunca me contaste detalles. ¿Tanto era el brillo de la alta sociedad?
-El lugar era de ensueño. A medida que caía la noche las farolas se iban encendiendo con un ritmo preestablecido que acompañaba el paso de los carruajes que yo creía ya en desuso hacía siglos.
Nos esperaba una escalera de mármol en forma de corazón donde una alfombra roja vestía ese músculo como las arterias visten el corazón humano. Todos se sentían imprescindibles, sangre que corría hacia el centro de la humanidad del lugar. Las arañas vestidas de cristal lucían majestuosas en el centro del salón principal. Las paredes mostraban el arte, orgullosas; parecían sonreír satisfechas a cada mirada halagadora, a cada suspiro llevado por el suave movimiento de abanicos en las manos de elegantes damas de la sociedad.
-¡Qué descripción amiga! Se parece a un cuento de hadas.
-Lo que vino después más que de hadas fue un cuento de terror.
-¡Qué lástima! Todavía recuerdo los detalles que se comentaban en el barrio, la verdad que fue horrible… Yo nunca lo creí del todo.
-Creéme fue lo que escuchaste y más.
-Contáme, me muero de la curiosidad. Siempre me lo imaginé enigmático, hasta seductor por eso nunca creí del todo los comentarios.
-Vení, en mi cuarto guardo una copia de la grabación con la que Rogelio pudo probar su culpabilidad y su locura. En la editorial donde trabajaba, con una noticia así, seguro lo ascendían. En ese momento esperábamos nuestro primer bebé y yo había perdido mi trabajo. No te olvides que Anselmo era un pintor reconocido y máxime siendo el yerno del embajador de Inglaterra. Con lo que vas a escuchar no te van a quedar dudas de su locura.
Se sentaron cómodamente sobre la cama y se limitaron a escuchar:
-Eso es todo. Rogelio salió corriendo horrorizado directamente a la seccional; después ya sabés como terminó.
-¡¡Pobre Anselmo!!
- ¡Qué decís! El hombre estaba totalmente desquiciado. ¡Pobre de Elena!
-Esa no sé, ¿segura que no se lo buscó?
-No; ¿estás loca? Esa aberración no tiene justificación alguna…
Hubo un silencio incómodo y a la vez compartido. Al cabo de unos minutos la anfitriona toma el bolso de su amiga, se lo ofrece y la invita a retirarse diciéndole:
- Creo que no estás pensando claramente. Dale, te acompaño a la puerta y aprovecho a dar un paseíto con Sultán antes que Rogelio llegue de trabajar.
BILU
-No, después de la internación no lo volví a ver.
-Pensar que había conseguido lo que buscaba desde que la madre de su hija había muerto.
-Si, se había casado con Elena. Era la mejor amiga de su hija, aunque no sé de dónde la conocía. Vos que vivías en el apartamento de al lado ¿cómo conoció a una mujer de un estrato social tan alejado del nuestro, y del de su familia?
- Lo más raro fue ese flechazo inmediato, y siendo bastante más joven que él resultó extraño. Fue en esa fiesta de gala dónde lo habían invitado por intermedio de un embajador al que le pintó su retrato. ¿Te acordás qué bien pintaba?
-Ah! Ahora me acuerdo… Vos también fuiste. Me acuerdo que te pusieron a prueba con una profesora especializada para aprender modales durante un mes. En ese tiempo yo no me frecuentaba tanto con ustedes. Mi papá no me dejaba juntar con su hija, nunca le cayó bien Anselmo. Siempre me decía: < pobre chiquilina con un padre bohemio y huérfana de madre, no puede terminar bien> Por eso no conocí muy bien los cuadros de Anselmo.
-Pintaba de maravilla pero después que el padre de Elena lo denunciara se había encerrado en el desván y sólo salía para ir al baño, hasta la comida se la tenían que llevar porque sino ni se acordaba de comer.
-¿Había sido verdad lo que contaban en el barrio, entonces?
- Si estaba como una cabra. A mí me lo contó Rogelio, el único que lo visitaba porque quería aprender pintura.
-Rogelio ¿pinta también?
-Bueno, no. Desde que se aterrorizó cuando Anselmo le contó todo, no quiso volver a verlo y a la pintura tampoco.
-¿Él fue el que testificó para internarlo entonces?
-Si. Yo lo lamenté por mi amiga. Me acuerdo su rostro encantado cuando entró a la fiesta donde él conoció a Elena.
-Nunca me contaste detalles. ¿Tanto era el brillo de la alta sociedad?
-El lugar era de ensueño. A medida que caía la noche las farolas se iban encendiendo con un ritmo preestablecido que acompañaba el paso de los carruajes que yo creía ya en desuso hacía siglos.
Nos esperaba una escalera de mármol en forma de corazón donde una alfombra roja vestía ese músculo como las arterias visten el corazón humano. Todos se sentían imprescindibles, sangre que corría hacia el centro de la humanidad del lugar. Las arañas vestidas de cristal lucían majestuosas en el centro del salón principal. Las paredes mostraban el arte, orgullosas; parecían sonreír satisfechas a cada mirada halagadora, a cada suspiro llevado por el suave movimiento de abanicos en las manos de elegantes damas de la sociedad.
-¡Qué descripción amiga! Se parece a un cuento de hadas.
-Lo que vino después más que de hadas fue un cuento de terror.
-¡Qué lástima! Todavía recuerdo los detalles que se comentaban en el barrio, la verdad que fue horrible… Yo nunca lo creí del todo.
-Creéme fue lo que escuchaste y más.
-Contáme, me muero de la curiosidad. Siempre me lo imaginé enigmático, hasta seductor por eso nunca creí del todo los comentarios.
-Vení, en mi cuarto guardo una copia de la grabación con la que Rogelio pudo probar su culpabilidad y su locura. En la editorial donde trabajaba, con una noticia así, seguro lo ascendían. En ese momento esperábamos nuestro primer bebé y yo había perdido mi trabajo. No te olvides que Anselmo era un pintor reconocido y máxime siendo el yerno del embajador de Inglaterra. Con lo que vas a escuchar no te van a quedar dudas de su locura.
Se sentaron cómodamente sobre la cama y se limitaron a escuchar:
-Eso es todo. Rogelio salió corriendo horrorizado directamente a la seccional; después ya sabés como terminó.
-¡¡Pobre Anselmo!!
- ¡Qué decís! El hombre estaba totalmente desquiciado. ¡Pobre de Elena!
-Esa no sé, ¿segura que no se lo buscó?
-No; ¿estás loca? Esa aberración no tiene justificación alguna…
Hubo un silencio incómodo y a la vez compartido. Al cabo de unos minutos la anfitriona toma el bolso de su amiga, se lo ofrece y la invita a retirarse diciéndole:
- Creo que no estás pensando claramente. Dale, te acompaño a la puerta y aprovecho a dar un paseíto con Sultán antes que Rogelio llegue de trabajar.
BILU
miércoles, 20 de octubre de 2010
NOS VEREMOS SIN TESTIGOS
Es de noche. La muchacha aún recuerda la primer pérdida que expulsó su vientre.
Un sabor amargo paladea su boca la segunda vez; esa que no dejó que madurara en el útero.
La bombilla encendida, meciéndose al compás del viento frío de invierno, es lo único que aún no duerme e ilumina el garaje frente a la
ventana del hospital. Donde, con la mirada perdida, Verónica espera.
El silencio abarca todo. No es una noche más. Es la quinta noche que espera. Su hijo, de dos meses, se le quiere escapar como ya han
hecho sus hermanos. Ésta vez había creído que lo lograba, pero otra vez se le iba.
< No puedo tener nada, cuando creo tenerlo se me va. Una vez salió antes sin permiso, el otro ni siquiera se había formado...y éste, quizá ...no sé.... no le gustó conocerme> No soporto esta espera- gritó sin despegar su frente del vidrio húmedo ni su mirada de la bombilla que seguía luchando contra el tiempo.
- ¿Otra noche más te vas a quedar?- le dijo su amiga tomándola del brazo.
- Las que dure. Como los otros en cualquier momento se me va, me deja- dijo sin despegarse de la ventana
- No digas eso....Tenés que descansar, cuando se mejore te va a necesitar. Es una congestión si, está grave, pero el doctor jamás te dijo que iba a morir.....Vamos ánimo!
- Dejame, andate vos si querés. Yo me quedo.
La bombilla, por fin, no pudo con el temporal y se apagó.
Verónica fue deslizando su espalda contra la pared hasta encontrarse con el suelo y balbuceó y se tragó hasta la última pastilla del frasco, que antes de salir de su casa, le había robado a su madre.
BILU
Un sabor amargo paladea su boca la segunda vez; esa que no dejó que madurara en el útero.
La bombilla encendida, meciéndose al compás del viento frío de invierno, es lo único que aún no duerme e ilumina el garaje frente a la
ventana del hospital. Donde, con la mirada perdida, Verónica espera.
El silencio abarca todo. No es una noche más. Es la quinta noche que espera. Su hijo, de dos meses, se le quiere escapar como ya han
hecho sus hermanos. Ésta vez había creído que lo lograba, pero otra vez se le iba.
< No puedo tener nada, cuando creo tenerlo se me va. Una vez salió antes sin permiso, el otro ni siquiera se había formado...y éste, quizá ...no sé.... no le gustó conocerme> No soporto esta espera- gritó sin despegar su frente del vidrio húmedo ni su mirada de la bombilla que seguía luchando contra el tiempo.
- ¿Otra noche más te vas a quedar?- le dijo su amiga tomándola del brazo.
- Las que dure. Como los otros en cualquier momento se me va, me deja- dijo sin despegarse de la ventana
- No digas eso....Tenés que descansar, cuando se mejore te va a necesitar. Es una congestión si, está grave, pero el doctor jamás te dijo que iba a morir.....Vamos ánimo!
- Dejame, andate vos si querés. Yo me quedo.
La bombilla, por fin, no pudo con el temporal y se apagó.
Verónica fue deslizando su espalda contra la pared hasta encontrarse con el suelo y balbuceó
BILU
jueves, 7 de octubre de 2010
NI SIQUIERA UN RECUERDO
No puedo estar más dolida.
Un desleal caballero amante
con mentiras me ha engañado
Creí ser su sueño dorado,
pero ni siquiera soy un recuerdo.
Mi alma adornaba
con sus cartas nunca recibidas,
a causa del escudero y sus locuras.
Mi ego agrandaba con
su loco amor galopante;
que logró hacerlo mi caballero,
el caballero andante.
Pido a Alonso Quijano
un lugar entre sus amos.
Que su sueño nuevamente sueñe
con un ramo de flores en las manos
y esta vez sí las reciba con
esas cartas perdidas por
su escudero enano.
BILU
Un desleal caballero amante
con mentiras me ha engañado
Creí ser su sueño dorado,
pero ni siquiera soy un recuerdo.
Mi alma adornaba
con sus cartas nunca recibidas,
a causa del escudero y sus locuras.
Mi ego agrandaba con
su loco amor galopante;
que logró hacerlo mi caballero,
el caballero andante.
Pido a Alonso Quijano
un lugar entre sus amos.
Que su sueño nuevamente sueñe
con un ramo de flores en las manos
y esta vez sí las reciba con
esas cartas perdidas por
su escudero enano.
BILU
jueves, 30 de septiembre de 2010
ENCUENTRO FURTIVO
La recepcionista no dejaba de martillar el mostrador con sus uñas carmesí, síntoma de aburrimiento, nerviosismo o coquetería quizá.
El botones, que no debía tener mas de noventa años, quería arrebatarme la maleta que me esforzaba en retener.
Había llegado por fin.
Aunque el camino que me esperaba me era desconocido valía la pena la intriga. Ella, aunque lo negó siempre, era lo que quería. Nadie envía esa clase de fotos por e-mail a un desconocido sin buscar rédito de ello.
Sólo tengo esta noche. De lo contrario, Marcela dudaría y no estamos, precisamente, de luna de miel en estos momentos.
Esta habitación es deprimente, casi tan antiguo el polvo como el botones. Está claro que las mucamas van a la misma manicura que la recepcionista.
Ya es hora de llamar un taxi. La mujer dijo que esa dirección estaba a treinta y cinco minutos de aquí mas o menos.
Antes de salir, el hombre chequeó sus mensajes en la notebook por si su amante cibernética se había contactado en las últimas dos horas; ya que ese tiempo le había demandado el viaje hacia allí. Pero no había noticias.
La calle estaba húmeda. Era una noche sin estrellas y casi vacía.
El taxista ya le había adelantado que lo dejaría a unas quince cuadras: -Yo a ese barrio no entro- le había anticipado con ojos extremadamente abiertos.
Ni una vez se le cruzó la idea de abandonar la visita. Ni una sola vez le temblaron las piernas mientras caminaba en solitario por esa calle angosta buscando con su linterna el número de puerta. Solo veía, en su imaginación, una hermosa y sugestiva mujer esperándolo entre pétalos sobre sábanas de seda.
Tocó la puerta, tan vieja y destartalada como el botones del hotel, con temor de tirarla abajo de sólo mirarla.
Luego de unos minutos volvió a repetir el golpe. Al cabo de algunos minutos más optó por mover el picaporte. Se abrió.
Tanteó la pared para encender la luz pero nunca encontró llave alguna; allí si comenzó a arrepentirse de esta locura. Dio dos pasos hacia atrás con las manos tanteando el aire para encontrar la puerta cuando oyó un ruido sordo seguido de una carcajada horrenda.
La puerta no se podía abrir. La carcajada no la podía callar. Se desplomó en el suelo ocultando su cabeza entre las manos.
La figura de una mujer bellísima se dibujaba transparente entre la puerta y sus ojos. No atinaba a nada sólo gemía y suplicaba despertar de esa pesadilla.
Una mano lo alzó de los pelos como si fuera un muñeco.
El guardaespaldas de su mujer lo miró fijamente y le dijo: -Así no esta presentable para una noche de placer, y menos sin su esposa. ¿No le parece?
Agachó otra vez la cabeza al sentir algo caliente que bajaba desde su cintura.
-Así quería verte iluso, hijo de perra!
Lo último que sintió fue el fuego de su sangre que brotaba de la comisura de sus labios.
BILU
El botones, que no debía tener mas de noventa años, quería arrebatarme la maleta que me esforzaba en retener.
Había llegado por fin.
Aunque el camino que me esperaba me era desconocido valía la pena la intriga. Ella, aunque lo negó siempre, era lo que quería. Nadie envía esa clase de fotos por e-mail a un desconocido sin buscar rédito de ello.
Sólo tengo esta noche. De lo contrario, Marcela dudaría y no estamos, precisamente, de luna de miel en estos momentos.
Esta habitación es deprimente, casi tan antiguo el polvo como el botones. Está claro que las mucamas van a la misma manicura que la recepcionista.
Ya es hora de llamar un taxi. La mujer dijo que esa dirección estaba a treinta y cinco minutos de aquí mas o menos.
Antes de salir, el hombre chequeó sus mensajes en la notebook por si su amante cibernética se había contactado en las últimas dos horas; ya que ese tiempo le había demandado el viaje hacia allí. Pero no había noticias.
La calle estaba húmeda. Era una noche sin estrellas y casi vacía.
El taxista ya le había adelantado que lo dejaría a unas quince cuadras: -Yo a ese barrio no entro- le había anticipado con ojos extremadamente abiertos.
Ni una vez se le cruzó la idea de abandonar la visita. Ni una sola vez le temblaron las piernas mientras caminaba en solitario por esa calle angosta buscando con su linterna el número de puerta. Solo veía, en su imaginación, una hermosa y sugestiva mujer esperándolo entre pétalos sobre sábanas de seda.
Tocó la puerta, tan vieja y destartalada como el botones del hotel, con temor de tirarla abajo de sólo mirarla.
Luego de unos minutos volvió a repetir el golpe. Al cabo de algunos minutos más optó por mover el picaporte. Se abrió.
Tanteó la pared para encender la luz pero nunca encontró llave alguna; allí si comenzó a arrepentirse de esta locura. Dio dos pasos hacia atrás con las manos tanteando el aire para encontrar la puerta cuando oyó un ruido sordo seguido de una carcajada horrenda.
La puerta no se podía abrir. La carcajada no la podía callar. Se desplomó en el suelo ocultando su cabeza entre las manos.
La figura de una mujer bellísima se dibujaba transparente entre la puerta y sus ojos. No atinaba a nada sólo gemía y suplicaba despertar de esa pesadilla.
Una mano lo alzó de los pelos como si fuera un muñeco.
El guardaespaldas de su mujer lo miró fijamente y le dijo: -Así no esta presentable para una noche de placer, y menos sin su esposa. ¿No le parece?
Agachó otra vez la cabeza al sentir algo caliente que bajaba desde su cintura.
-Así quería verte iluso, hijo de perra!
Lo último que sintió fue el fuego de su sangre que brotaba de la comisura de sus labios.
BILU
sábado, 18 de septiembre de 2010
DON FRUTOS
Me acuerdo de la lucha desigual que tuvo que vivir mi madre para que su hijo no saliera con la debilidad de su padre. Me acuerdo de mí, cuando niño, investigando por dentro cuanto bicho caminara por el campo. Pretendía averiguar de qué estaban hechos esos animalejos. Disfrutaba con honda satisfacción de esas operaciones hasta que mi padre se encargaba de aguarme la fiesta con sus estúpidas lecciones de moral mal enseñada: "son sólo bichos inofensivos que no le hacen mal a nadie."
Odié con todas mis fuerzas los castigos impuestos, solo por ser un niño y saciar la curiosidad lógica que tenemos todos.
Bichos inmundos los grillos, lo único que hacían era chillar asemejándose a esos maricones que tuve que soportar durante toda mi increíble y envidiada carrera militar. Esos, que para no ser aplastados por los poderosos, se ocultaban bajo mi sombra.
Los inofensivos no llegan a ver mucho tiempo la luz: se los engullen y sólo siguen viviendo en la oscuridad de una panza satisfecha.
Yo amaba a mi madre por su dureza y su valentía. Me enseñó a no tener lástima de los débiles, y a negociar con los poderosos. Yo sabía muy bien lo que quería para mí; y estoy seguro de que está orgullosa de su hijo. Logró que comprendiera quiénes mandan en el mundo y quiénes deben ser destruidos.
Mis instintos y mis deseos de poder fueron muy bien atendidos y entendidos por todos los que me conocieron; muy especialmente por mis mujeres. Y por mi esposa que logró serlo por siempre cuando acalló los labios, vio lo que yo quería que viese y escuchó lo indispensable para mis intereses.
El poder es exquisito y nadie me lo quitó jamás. Fue fácil ser yo (con todo lo que ello implicaba).
Fue fácil dar a luz mi capacidad de arrollar a los más indefensos y encerrar en la oscuridad de la memoria a los más inquebrantables.
Qué se creía ese Pepe Artigas, con sus ínfulas de jefe. El único jefe que siempre existió fui yo, Don Frutos. El verdadero jefe de un pueblo ignorante y miedoso. El mismo que se escondía bajo mi sombra.
Nunca me importó aplastar y hundir; solo me importó elevarme sobre los demás.
Me encantaba ver los rostros de temor buscando mis ojos en lo alto por un poco de piedad. Pobre de ellos, ni se imaginaban que esa actitud me recordaba a mi padre y en nombre de él los exterminaba.
Todavía recuerdo la mirada despistada y suplicante de Venado en el momento donde mi plan perfecto comenzaba a dar sus frutos y a convertirme en héroe; el gran jefe admirado y respetado por todos. Lo único que lamento es que mi madre no estuviera presente.
Hoy me acuerdo de todo esto, cuando ya no me queda mucho aire por respirar, y no me arrepiento. Ni la muerte vendrá cuando quiera. Yo le diré cuando cerrarme los ojos.
BILU
Odié con todas mis fuerzas los castigos impuestos, solo por ser un niño y saciar la curiosidad lógica que tenemos todos.
Bichos inmundos los grillos, lo único que hacían era chillar asemejándose a esos maricones que tuve que soportar durante toda mi increíble y envidiada carrera militar. Esos, que para no ser aplastados por los poderosos, se ocultaban bajo mi sombra.
Los inofensivos no llegan a ver mucho tiempo la luz: se los engullen y sólo siguen viviendo en la oscuridad de una panza satisfecha.
Yo amaba a mi madre por su dureza y su valentía. Me enseñó a no tener lástima de los débiles, y a negociar con los poderosos. Yo sabía muy bien lo que quería para mí; y estoy seguro de que está orgullosa de su hijo. Logró que comprendiera quiénes mandan en el mundo y quiénes deben ser destruidos.
Mis instintos y mis deseos de poder fueron muy bien atendidos y entendidos por todos los que me conocieron; muy especialmente por mis mujeres. Y por mi esposa que logró serlo por siempre cuando acalló los labios, vio lo que yo quería que viese y escuchó lo indispensable para mis intereses.
El poder es exquisito y nadie me lo quitó jamás. Fue fácil ser yo (con todo lo que ello implicaba).
Fue fácil dar a luz mi capacidad de arrollar a los más indefensos y encerrar en la oscuridad de la memoria a los más inquebrantables.
Qué se creía ese Pepe Artigas, con sus ínfulas de jefe. El único jefe que siempre existió fui yo, Don Frutos. El verdadero jefe de un pueblo ignorante y miedoso. El mismo que se escondía bajo mi sombra.
Nunca me importó aplastar y hundir; solo me importó elevarme sobre los demás.
Me encantaba ver los rostros de temor buscando mis ojos en lo alto por un poco de piedad. Pobre de ellos, ni se imaginaban que esa actitud me recordaba a mi padre y en nombre de él los exterminaba.
Todavía recuerdo la mirada despistada y suplicante de Venado en el momento donde mi plan perfecto comenzaba a dar sus frutos y a convertirme en héroe; el gran jefe admirado y respetado por todos. Lo único que lamento es que mi madre no estuviera presente.
Hoy me acuerdo de todo esto, cuando ya no me queda mucho aire por respirar, y no me arrepiento. Ni la muerte vendrá cuando quiera. Yo le diré cuando cerrarme los ojos.
BILU
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
